jueves, 25 de noviembre de 2010

Carl Seelig / Robert Walser


15 de abril de 1949



Marcha de Viernes Santo, con calor veraniego, hasta Degersheim, donde celebramos el 71 cumpleaños de Robert frente a unas buenas carpas. Ante un prado repleto de botones de oro y genciana, observa:
-¡No somos más que una chapuza comparados con la naturaleza!
Desde la destitución de Bismarck, la política alemana se volvió criminal. El Kaiser Guillermo II había aprovechado todas las oportunidades para darles en la frente a los franceses. Desde entonces, ya no había grandeza en los alemanes.
La moderna generación de escritores le parece a Robert demasiado hija de mamá “público” y se queja de que le ha tratado mal. ¡Fíjese en las caras de los escritores actuales! Hay entre ellas verdaderos rostros de truhanes y asesinos. A la gente buena no se le ha perdido nada en el arte. Si el artista quiere crear algo interesante, tiene que llevar dentro un demonio. Los ángeles no son artistas.
-Pero ¿dónde empieza lo demoníaco y dónde termina? –pregunto.
-Sí, el límite es difícil de trazar –admite.



-Yo lo he visto en un compañero de armas –le cuento-. Con sus cabellos grises y cortos, parecía casi un presidiario. La mayor parte del tiempo se mantenía algo apartado de los otros compañeros, y cuando nos íbamos a la cantina después de pasar revista se le podía ver sentado delante de su catre, solo, apoyando en las manos, pensativo, su redondo cráneo. Algo así como una obstinada beatería emanaba de ese hombre. Pero durante mucho tiempo lo tuve por un alma mansa, bastante inofensiva, que me inspiraba más compasión que miedo. Aparte de su familia, su oficio de ebanista y escalar montañas, no había nada que le interesara. Como soldado cumplía con su obligación, e incluso, tras un curso de escalada, fue ascendido a cabo. Pero en las horas libres se le dejaba al margen como por tácito acuerdo, porque detrás de tales naturalezas la masa intuye instintivamente un elemento asocial. No era ni popular ni impopular en nuestra unidad. Era sencillamente un cero a la izquierda, y quizá yo me habría ocupado de él tan poco como los demás si durante una guardia no hubiera tenido la ocasión de atisbar como a la luz de un relámpago el interior de su alma. Sucedió de la siguiente forma: volvía de una patrulla, de un humor casi lírico, a nuestro oscuro acantonamiento. Una tarde de cálido viento, indescriptiblemente hermosa, temblaba entonces sobre el país. Los gigantescos riscos redodeados en los que alzaban las fortificaciones de Sargans parecían grises pieles de elefante. El castillo al otro lado de la frontera, coronando una cima ya en Liechtenstein, parecía a la luz violeta del atardecer un castillo fantasma, hacia el que miraba casi humilde, cien metros más abajo, la pequeña iglesia, que parecía hecha con las piezas de un juego de construcciones. Los bosques y los campos amarillos de trigo, los altos cañaverales y los prados de cortas espigas, sobre los que una pareja de aves de rapiña se deslizaba a la caza de ratones, creaban un ambiente como sólo se encuentra en los cuadros de Albrecht Altdorfer. Entonces, al cabo me sacó de esa atmósfera de consagración para llevarme a una conversación sobre su oficio. Me habló de los muchos peligros a los que alguien como él está expuesto en un taller mecánico. Describió con cuánta frecuencia él mismo había estado a punto de quedar mutilado. Trajo a colación docenas de ejemplos para demostrar cómo la máquina no sirve al hombre, sino que también amenaza con acortar su vida. Con gran exactitud, me mostró las posturas en las que sus colegas del gremio de ebanistas se encontraban en el momento en que les había sucedido esta o la otra desgracia. Mostró cómo en el momento de la explosión el dedo o la mano eran arrancados por la máquina, cómo una varilla despedida de una ballesta volaba directamente al pecho de un cepilladora que se encontraba a cinco metros de distancia, y cómo un padre anciano que miraba a su hijo trabajar en el taller perdía la cabeza por un descuido con la sierra mecánica. Lo sorprendente y espantoso era que este en apariencia manso cabo me contaba todas estas escalofriantes historias con el mayor sentido del humor. Exponía con deleite todos los detalles que podía recordar, y cuando alcanzaba el clímax de la desgracia reía tan complacido como si estuviera narrando una escena de una comedia. La proximidad de la muerte parecía reavivarle. Sus rasgos normalmente cerrados cobraban una apasionada movilidad, sus ojos castaños empezaban a brillar, y con la mano derecha, a la que faltaba el dedo pulgar, dibujaba casi con elegancia las figuras que estaba describiendo. Ese dramático entretenimiento duró más de una hora. Al final, dije al narrador: “¡Tenías que haberte dedicado a verdugo!”, observación que recibió con una carcajada tan demoníaca como triste.



Después de esta vivencia en los límites, Robert lleva la conversación hacia “Los demonios” de Dostoievski. Me recuerda que en sus notas a esa novela el escritor hizo profetizar al príncipe Stavrojin: “Creo que poco a poco las personas se convierten en ángeles o en demonios”.



Carl Seelig (Paseos con Robert Walser)

No hay comentarios:

Publicar un comentario